El jurado del Concurso de Redacción Caminos Aragón, en su III edición ha resuelto que la obra “La Paloma” sea la ganadora en 2023. La autora del texto es Margarita Díaz Giménez. La ganadora ha recibido una placa conmemorativa y un premio en metálico de 300 euros.

LA PALOMA
Fue al colocar la urna en una de las baldas de la librería, a escasos dos palmos de la réplica de “La Paloma” que Javier me regaló, cuando recordé, mientras acariciaba sus alas de metal e inconscientemente la acercaba a la urna, lo que sucedió unos años atrás.
Esa mañana acababa de recoger las cenizas de mi padre. Los recuerdos mientras me dirigía al tanatorio me perseguían salvajes, hiriéndome como solo duelen las pérdidas. Eran ráfagas que irrumpían sin control dominando mi cerebro durante unos segundos. Le vi llevándome al parque cogido de la mano, el único hombre solo. Le volví a ver a la salida de mi colegio, también solo, siempre solo, rodeado de madres. Me pareció tenerlo delante, sentado en su sillón, mientras yo temblaba al decirle que iba a colgar los estudios en una Universidad a la que ni él ni nadie de la familia había podido ir para dedicarme a escribir. Hasta me pareció oírle decir “Primero terminas y luego, allá tú, como si quieres ser uno de esos que llevan esas pintas…un hippie o como se llamen”. De mi madre nunca se hablaba en casa. Desde que tengo recuerdos una cortina invisible de cerrado tamiz caía con la sola mención de su nombre. Así fue entre mis abuelos y mi padre. Así, entre mi padre y yo, y después, como si se tratara de una maldición que hubiera que conjurar a base de un silencio cómplice, lo fue también con mis amigos. Más tarde recuerdo haber zanjado incómodo la conversación con quien por entonces era mi novia, hasta que la mancha negra se extendió a mis propios hijos. De ella, de la abuela que sería para ellos, nunca hablamos. En aquel tiempo solo dos detalles supe de mi madre: que se llamaba Paloma y que había muerto siendo yo niño. Eso fue todo hasta que mi padre se hizo mayor y debió sentir la necesidad de ponerse en paz con sus recuerdos, y, seguramente, también conmigo.
—Quiero que me lleves a un sitio —El era hombre de pocas palabras. Parecía escoger cuidadosamente las que iba a utilizar y callaba de golpe, dejando en los demás una sensación parecida a la de una conversación telefónica que repentinamente se hubiera cortado—. A Aragón. A donde murió tu madre.
Esa fue la primera vez que le oí hablar de ella aportando un dato más: el lugar en el que había muerto. No es que fuera muy concreto, desde luego: “Aragón”, nada menos, pero para mí fue como si la dichosa cortina comenzara a descorrerse y dejara sutilmente entrever lo que hasta entonces había permanecido oculto. Aragón había sido hasta ese momento territorio hábilmente evitado, ahora caía en la cuenta, en nuestros viajes familiares, y, a fuerza de resultarme desconocido, tampoco yo lo habían incorporado, ya de mayor, a mis rutas habituales. Como mucho, había estado en Zaragoza para la presentación de alguno de mis libros, y poco más.
—Tenemos que pasar Zaragoza y seguir dirección Huesca. Fue al volver.
Las horas que pasamos juntos en el coche me trajeron de vuelta al que debió ser mi padre. Locuaz como nunca lo había conocido, me contó el noviazgo con mi madre, Paloma. Los dos del mismo pueblo, un pueblo al que un día llegó la noticia de que se necesitaba un camionero para hacer una ruta a Francia: no se lo pensó dos veces, nada se le ponía por delante, “un poco alocado”, dijo de sí mismo que era, quién lo hubiera dicho, así que aceptó el trabajo. Me contó que estaba bastante bien pagado, así que pronto se casaron y tuvieron un hijo. Ese debía ser yo, claro, aunque no lograba reconocerme en los brazos de la mujer de la que me hablaba por primera vez, y en un pueblo de la sierra de Madrid. Me contó que se trasladaron a la capital cuando yo tenía tan solo un año, porque le contrataron para la ruta fija Madrid-Burdeos, y que le organizó, por el tercer aniversario de boda, el viaje de novios que no habían podido hacer aprovechando que tenía que llevar un cargamento, sin que lo supieran los jefes ni nadie más, con su mujer de extranjis en el asiento del copiloto. “Entonces se podían hacer esas cosas”, dijo esbozando una sonrisa que no sabría definir, entre triste y pícara.
—¡Allí, es por allí! … ¡Para, para donde puedas! —la excitación en la voz de mi padre había ido en aumento desde que empezamos a acercarnos a la zona. Ya casi sonaba como un grito— ¡Creo que fue por allí! —su cuerpo, adelantado hacia el cristal del salpicadero, tensaba al máximo el cinturón de seguridad, mientras su dedo señalaba una campa al otro lado de la autovía, en la que asomaba cada vez más grande una escultura metálica y brillante, de tubos rectos de distinto tamaño, colocados en abanico, unos apoyados en el suelo, y otros, abriéndose a modo de ala que, al avance del coche, parecían querer levantar el vuelo— Por donde aquel pájaro de metal — añadió. A él también le debió dar la impresión de tratarse de las alas de un pájaro.
—¡Es allí…al otro lado!
Paré como pude y salté del coche persiguiéndole campo través. Él, que parecía haber recobrado la vitalidad de cuarenta años atrás, corría en dirección a las faldas de la figura metálica, a lo que, de ser un pájaro, sería una de sus alas, la que tendría posada en tierra. Llegamos casi a la par. Lo vi inclinarse con dificultad hacia una placa que había colocada a los pies de la escultura, leyendo algo, y caer de rodillas llorando. “¡Dios mío, te das cuenta!”, decía y repetía que era un milagro, ¡un milagro! Cuando se recobró, me contó que mi madre debió morir allí mismo. Que los bomberos les tuvieron que excarcelar a los dos de entre los amasijos del camión. Que a él le metieron en una ambulancia… y que a ella…le dijeron que la habían intentado reanimar pero que no se pudo hacer nada. “Y mira… mira…”, el seguía llorando y no paraba de hablar entrecortado, como si, por fin, el silencio de tantos años hubiera estallado. “Mira, hijo, alguien le ha hecho este monumento. Paloma, lo ves, lo pone aquí: Paloma”.
El viaje pareció terminar como todos los viajes, volviendo a casa y a la rutina. Sin embargo, algo muy intenso había sucedido: yo, por fin, tenía una madre, y mi padre había puesto palabras a sus remordimientos. Parecía haber afrontado la responsabilidad por la esposa muerta, haber asumido que le echaran del trabajo, que se tuviera que enfundar el mono azul en un taller de Madrid. Reconoció ante sí mismo, creo yo, la vida de viudo que había llevado por culpa de su estupidez y de la curva que tomó a demasiada velocidad a la vuelta de un viaje que no debió hacer con ella. Yo empecé a necesitar conocer más detalles del accidente y de la curva que me arrebató a mi madre. Pero quedaba otra cosa: ¿Por qué esa escultura? ¿Por qué llevaba su nombre?
—¿Por qué Paloma? —solté a bocajarro, sin llegar a estrechar la mano que Javier Bueno me tendía, mientras le mostraba en el móvil unas fotos del pájaro, de la placa y de mi padre arrodillado ante ella.
—En realidad no es Paloma, sino “La Paloma”, las del Pilar que en el horizonte pronto asoma al fondo —me respondió.
Javier, muy paciente ante la ansiedad que yo debí traslucir, me ofreció asiento y me presentó a su compañero, José Luis Gracia, con el que, además de la amistad que enseguida percibí, compartía profesión y amor por su trabajo. Se autodenominaban “los chatarreros” porque las obras que les encargaban para las nuevas carreteras debían aprovechar restos de materiales de construcción. Me enseñó en un enorme book gran parte de lo que hasta el momento llevaban hecho, los diseños, medidas, puntos de colocación…Así pude ver que “La Paloma” era una de las muchas esculturas ya instaladas. Me contó que con ellas querían rendir homenaje al patrimonio cultural o histórico de las zonas por las que discurren las carreteras del Estado, a los símbolos, a las tradiciones, incluso a los productos de los que viven los lugareños. Surgió enseguida entre nosotros una simpatía que nos hizo quedar para recorrerlas juntos. Así pude ver “las Uvas” de Cariñena, que luego convirtieron en enseña de la Denominación de Origen, “el Faro”, instalado en la encrucijada de la Vía Lata, las “Estrellas Mudéjares”, en las proximidades de Teruel, las “Cinco Provincias”, en la intersección de las tres aragonesas con las de Castellón y Valencia. Vimos también las “Palmeras”, con las que empezó todo, plantando los encofrados a modo de troncos y colgando unas simples varillas como hojas, para sorpresa de quien entonces dirigía la Demarcación. Yo, en esas escapadas, fui olvidando mi resentimiento hacia la carretera que me arrebató a mi madre, y, con ella, la vida normal que debería haber vivido, y empecé a amar lo que mi amigo tanto amaba, el esfuerzo de las muchas personas que trabajan para que una historia como la mía no pueda repetirse. En las rutas que fuimos haciendo juntos, tras comer en sitios que él conocía muy bien, como “hombre de la carretera” que decía ser con orgullo, me fue contando que fue un joven muy inquieto al que costó centrarse. Se le humedecían los ojos recordando los quebraderos de cabeza que dio a sus padres, él también trabajador de la carretera. Me contó, entre risas de los dos y con los cafés de las sobremesas, cómo se había colado para las disecciones en las aulas de Medicina; que había estudiado algún tiempo en Barcelona Ingeniería y Bellas Artes, y que las dos dejó sin terminar, que cosechó suspensos, pero también, siendo niño, un brillante y sonado 10 en dibujo, el primer 10 en dibujo que se dio en el colegio de los Jesuitas de Zaragoza. Supe que empezó trabajando como topógrafo, y que fue el nacimiento de su hija lo que le sentó a la mesa de un despacho de la Demarcación de Carreteras y le puso el lápiz, la regla y el papel en la mano para sus primeros diseños. Allí le dieron la oportunidad de embellecer las carreteras para las que trabajaba. Por mi parte, le conté cómo nació mi afición a la escritura, le hablé de mis noches, ya acostado, leyendo libros de aventuras casi sin luz para que mi padre no se enterara de que todavía andaba despierto. Le hablé de lo que su paloma había hecho por mi padre que, tras nuestro viaje, y, al poco, con el pensamiento algo perdido, andaba entre ensoñaciones feliz de que alguien hubiera levantado un monumento donde ella murió.
Hoy mi padre reposa en una urna junto a su Paloma. Hoy sé quiénes hicieron la obra que eliminó la maldita curva, y quiénes siguen trabajando para eliminar las que han segado muchas otras vidas. Porque detrás de cada paisaje y cada obra hay un patrimonio, hecho de personas y de esfuerzo. Hay memoria antigua y hay sentimientos. Hoy sé que para eso sirven las esculturas que se levantan a los lados de nuestras carreteras con humildes restos de obra. Para que no olvidemos.
A mi padre, in memoriam, y a todas las personas que trabajan para conseguir carreteras más humanas y seguras.