El jurado del Concurso de Redacción Caminos Aragón, en su I edición ha resuelto que la obra “Carta Larramendi-1836” sea el texto ganador en 2021. El autor es Luis Javier San Balduz, Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y ha recibido una placa conmemorativa y un premio en metálico de 300 euros.

 

 

 

CARTA LARRAMENDI-1836

Madrid a 5 de septiembre de 1836

 

Estimados compañerosi,

Como todos ustedes conocen sobradamente, en abril de este mismo año se ha publicado la Orden Ministerial por la cual se ha configurado definitivamente la Dirección General de los Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos que tengo el honor de dirigir y de la que ustedes forman parte. De esta manera ha cristalizado finalmente un proceso que inició nuestro añorado Agustín de Betancourt en los últimos años del siglo pasado y que continuamos desarrollando, en la medida de nuestras humildes posibilidades, durante las diversas y trágicas vicisitudes sociales que hemos vivido desde entonces.

Creo sinceramente que merece la pena esbozar un breve resumen de cuál ha sido nuestra trayectoria hasta la actualidad recordando siempre las sabias palabras de Séneca,

Ignoranti, quem portum petat, nullus suus ventus est.

En 1799 se creó la Inspección General de Caminos y Canales separándola del ramo de Correos, así como el cuerpo facultativo a su servicio, los entonces denominados ingenieros de Caminos y Canales. Tras tres años de controversias varias se abrió la Escuela de la Inspección a imagen y semejanza de la prestigiosa École polytechnique de París dirigida por José María de Lanz. Un año después, concretamente el 26 de julio de 1803, se publicó la Real Orden en la que, por primera vez, se instituía la titulación de ingenieros de Caminos y Canales que quedaban adscritos a la Inspección General. Diversas vicisitudes no previstas inicialmente y el desgraciado inicio de la guerra contra el invasor motivaron el cierre de la Escuela y el desmantelamiento de la Inspección. La restitución de la monarquía no supuso una mejora de nuestras condiciones y nos mantuvimos en penumbra hasta que en 1820 se creó la Comisión de Caminos y Canales que sirvió, entre otras cuestiones, para reabrir la Escuela. Fue etapa muy ilusionante que, en los poco más de dos años que duró, sirvió para plantear muchas de las estrategias que tiempo después finalmente han servido para llegar al momento que actualmente vivimos. No quiero dejar pasar la oportunidad de recordar y agradecer la confianza que el excelentísimo Secretario de Estado Javier de Burgos depositó años más tarde en el arduo trabajo que desarrollamos durante aquellos años Felipe Bauzá y yo mismo para plantear el necesario proyecto de provincialización de nuestro país que entró en vigor en 1833. Sin duda una reforma de tan hondo calado como esta servirá para impulsar el progreso social de nuestra patria en el que, tampoco me cabe ninguna duda, los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos vamos a resultar estrictamente indispensables.

Al finalizar el periodo constitucional nuestro colectivo volvió a caer en un cierto letargo, aunque ningún inconveniente nos apartó del camino que nos habíamos marcado con altas miras; en 1829 publicamos, a petición de la Secretaría de Estado, la Memoria sobre la reorganización de la Dirección General y el cuerpo de ingenieros civiles destinados al importante ramo de Caminos y Canales, que fue la indisimulada referencia para la el texto finalmente publicado en la ya mencionada Orden Ministerial de abril de este año.

Como ustedes son perfectamente conscientes, en los últimos tres años estamos asistiendo expectantes al mayor impulso renovador y regenerador que ha ocurrido nunca en nuestra anciana patria. Y, reitero nuevamente, nosotros los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos vamos a resultar decisivos en este momento y años venideros. Pero la tarea no va a ser fácil, y no me refiero exclusivamente al desempeño de nuestra labor profesional sino a las circunstancias adversas que, como no puede ser de otra manera, nos tocarán vivir.

Todavía inmersos en la guerra civil que asola nuestro país desde hace tres largos años, y no es casualidad que sean esos mismos tres años de avances sociales insospechados, asistimos expectantes el pasado 12 de agosto a los sucesos acaecidos en el Palacio de La Granja de San Ildefonso. Las consecuencias son difíciles de aventurar en este momento, aunque algunos barruntamos que va a resultar imposible paralizar los cambios sociales que tanto trabajo nos ha costado alumbrar. En todo caso podrá variar la velocidad del cambio, pero nunca el inevitable e imparable progreso al que vamos a asistir y, no puedo ni quiero evitar compartirlo con ustedes, que ayudaremos a desarrollar con todas nuestras capacidades.

Pretendo, en definitiva, que estas líneas sirvan para transmitirles el inmenso orgullo que siento en dirigir el cuerpo facultativo al que pertenecemos; una institución que, como han podido apreciar en las líneas precedentes, es joven en relación con su formalización administrativa pero cuyo oficio resulta tan antiguo como la propia raza humana. También pretendo trasladarles mi total confianza y absoluta seguridad en que todos ustedes sabrán representar los valores intrínsecos del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, por muchas penalidades y sinsabores que podamos encontrar.

Abusando de su amistad he pedido a un ilustre compañero nuestro, el Ayudante Primero Manuel Caballero y Zamorategui, único integrante del Cuerpo presente en los gloriosos Sitios de Zaragoza de 1808 y 1809, que escribiera unas líneas que puedan servir de inspiración para estos graves momentos que, sin duda, nos disponemos a vivir.

 

El Ilustrísimo Director General me ha pedido que escriba un breve texto sobre mi experiencia en el Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, pero no puedo hacerlo sin contar brevemente mi historia, la historia del amor de un ingeniero a su país, de la desazón de la incomprensión y de la excelencia de una profesión.

Como algunos integrantes más de nuestro Cuerpo provengo del estamento militar al que tuve la oportunidad de ingresar en 1796. Cursé matemáticas en la Academia de Zamora y accedí al Real Cuerpo de Ingenieros del Ejército el 29 de diciembre de 1799. Fui destinado a la Academia de Ingenieros de Alcalá de Henares y desde allí partimos a finales de mayo y primeros de junio de 1808 a ponernos al lado de nuestros compatriotas que se rebelaron espontáneamente frente al invasor. Nosotros, los ingenieros, fuimos los primeros militares que tomamos partido por la causa patriótica. Ayudé a defender la Muy Noble y Muy Heroica ciudad de Zaragoza durante dos inhumanos asedios en los que tuve la fortuna de compartir la experiencia con compañeros entrañables, como el recordado Antonio Sangenís. Tras la capitulación de la ciudad fui enviado prisionero a Francia y abandoné nuestro amado país el 6 de marzo de 1809 cruzando el río Bidasoa en Irún.

Haber derramado mi sangre por la patria no impidió que continuas decisiones políticas y judiciales de dudosas motivaciones morales me prohibieran volver a pisar la península durante veintidós largos años. De igual manera me despojaron de mi trayectoria militar dejándome, únicamente, con mi valor más preciado: mi oficio y disciplina profesional. Un oficio, gracias a Dios, que me permitió conocer a Agustín de Betancourt y Rafael Bauzá, ilustres y reconocidos ingenieros de caminos en la Rusia de Alejandro I, durante el tiempo que viví en Varsovia.

Por fin, en abril de 1831, la Compañía del Real Canal de Castilla me contrató para desarrollar labores de ingeniero como Ayudante bajo las órdenes de Epifanio Esteban y la supervisión de nuestro actual e ilustre Director General. Precisamente gracias a él y a su amable intervención, tuve el honor de integrarme en el Cuerpo de Ingenieros de Caminos y Canales en 1833 como Ayudante Tercero. Actualmente estoy destinado en esta Corte al servicio de la Dirección General.

Sigo siendo el mismo que estudió en Zamora, el mismo que impartió docencia en Alcalá de Henares, el mismo que defendió Zaragoza hasta su último aliento, el mismo que vagó por Europa durante veintidós largos años y el mismo que nunca ha dejado de amar a su país desde que tiene uso de razón.

Todo lo dicho hasta ahora demuestra cuán volátil es el mundo en el que vivimos, y cuán frágil la ilusoria estabilidad que creemos gozar en algún momento de nuestras vidas. Quizás todas las circunstancias descritas me han obligado a desarrollar un indisimulado escepticismo ante las múltiples vicisitudes que jalonan nuestro caminar en este mundo. Pero hay algo, solo un aspecto, que me permite reconciliarme con ese mismo mundo, y ese es precisamente mi oficio y mi actividad profesional.

Como he descrito antes, y después de un amargo e injusto penar, he tenido la fortuna de integrarme en el Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos donde tenemos la gran oportunidad de promover muchos de los cambios que nuestra venerable patria necesita. Más allá de los diferentes gobiernos y de las diversas políticas que debamos soportar, se encuentran las necesidades reales objetivas de la sociedad en la que desarrollamos nuestra actividad. Y precisamente nosotros vamos a ser uno de los agentes más importantes para ese necesario progreso que el país demanda.

                   

              Con todo mi afecto, reciban todos ustedes un cordial saludo.

                             

 

Agradezco las líneas de nuestro compañero y aprovechando el hilo de su infatigable espíritu, les animo a implicarse en este severo momento que vivimos. Desde el 14 de agosto, a raíz de los ya mencionados sucesos de La Granja, asistimos al desempeño de un nuevo gobierno presidido por José María Calatrava, en el que Juan Álvarez Mendizábal ejerce un papel fundamental. Todo parece indicar que un gran paquete de reformas de gran calado social va a producirse siguiendo las ya planteadas, pero no completamente desarrolladas, desde septiembre de 1835. La creación de las diputaciones provinciales, la abolición del diezmo, el re-equilibrio del crédito público mediante desamortizaciones, o la supresión de las pruebas de nobleza y la Mesta son solo unos pocos ejemplos del seísmo social al que estamos asistiendo. Precisamente para poder enfrentarnos a tal desafío hemos configurado la Dirección General según nueve distritos y cinco subinspecciones, tomando como referencia la división provincial vigente. Cada una de estas subinspecciones tiene asignado un subinspector que se encarga de visitarla anualmente y vigilar la marcha de las obras, la buena administración y, en general, el buen hacer de la misma.

Estimados compañeros, obras tan importantes como la modernización de la red de caminos del país, concluir el Canal de Castilla y prolongar el Canal Imperial de Aragón hasta el río Ebro, diseñar el nuevo abastecimiento de Madrid, introducir las novedosas líneas ferroviarias o mejorar la red de faros y puertos de nuestras costas, son solo algunos de los inmensos retos a los que vamos a tener que enfrentarnos con nuestra mejor predisposición y la mayor altura de miras.

Les exhorto y convoco a todos ustedes a que se unan a mí y nos convirtamos en el verdadero motor del progreso social de este país. Mi confianza en ustedes es absoluta.

Gracias por su atención y me tienen totalmente a su disposición,

 

 

 

Director General de los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos Diputado por Guipúzcoa

 

NOTA:

i Evidentemente se trata de una carta ficticia de la pluma de José Agustín de Larramendi Muguruza (1769-1848), el gran motor del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos desde su creación. Todos los personajes nombrados son absolutamente reales, así como todos los hechos descritos. Mención especial merece Manuel Caballero Zamorategui (1784-1851) cuya trayectoria vital es igualmente real y que, como se dice en el texto, es el único Ingeniero de Caminos que participó en los Sitios de Zaragoza. Pronto se terminará de editar un libro relatando su extraordinaria historia.

Se ha utilizado el recurso de la carta para tratar de introducir el momento concreto en el que, por fin, el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos logra configurarse en motor de progreso social de un país retrasado por el lamentable reinado de Fernando VII y los avatares de los primeros años tras su fallecimiento.

Larramendi había alcanzado un predicamento muy elevado en la administración del incipiente estado y estaba plenamente convencido de que la institución debía ser parte fundamental en los necesarios e improrrogables procesos de modernización de las estructuras sociales que estaban a punto de producirse.

Casi doscientos años después, el colectivo de los Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos sigue liderando los procesos de regeneración social a todos los niveles, y adaptándose a la realidad volátil de un mundo en permanente mutación. Y así debe seguir siendo.