En la VI edición del Concurso de Redacción “Caminos Aragón”, el jurado decidió que la redacción “Mientras el agua pasa”, de Luis Javier Sanz Balduz, se hiciera con el reconocimiento de 2026. Un premio dotado con 300€ y una placa conmemorativa.
Desde la demarcación de Aragón del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, reiteramos nuestra enhorabuena al ganador de este año, agradecemos la colaboración de todos los participantes y animamos a los colegiados a seguir tomando parte de los concursos, tanto de Redacción como de Fotografía, que el Colegio organiza cada año.

Mientras el agua pasa
La carretera que se alejaba del Plan de Senarta se apoyaba con leve incomodidad en una de las laderas que encauzaban el Ésera. A pocos kilómetros detuvieron el coche en el arcén y continuaron a pie. De pronto, el terreno se interrumpió.
Iba de la mano de su padre cuando vio por primera vez el puente sobre el barranco de Literola. La mano se cerró apenas un instante mientras seguían avanzando. No comprendía aquella franja de asfalto suspendida en el aire. Mientras caminaban juntos, el vacío quedaba al margen.
El hombre hablaba poco cuando cruzaban aquel puente al que regresaban una y otra vez. Se detenía en el centro y desplazaba la mirada entre la carretera y la vertiente al otro lado del Ésera, como si verificara un ajuste que solo él advertía. No era una observación distraída. Atendía al corte del terreno, a cómo el trazado encontraba su lugar entre la roca y la pendiente. Señalaba la línea de la carretera, el punto exacto donde evitaba la fractura más abierta y la inclinación con la que el firme se apoyaba sin forzar el terreno. El niño no comprendía aquellas indicaciones, pero intuía que no eran arbitrarias. Aquella mirada no era paseo ni contemplación. Era atención sostenida.
En el camino de vuelta guardaba silencio. El niño tampoco preguntaba. Ese puente, sin imponerse, había hecho posible el tránsito y parecía concentrar algo que ninguno nombraba. No sabía aún que el oficio de su padre consistía en eso: hallar el punto exacto en que la tierra y la intención coincidían, allí donde una línea podía sostener el paso de otros.
Un día se detuvieron de nuevo junto a la barandilla, mirando el edificio de Los Baños de Benasque en la ladera opuesta. El metal estaba frío bajo la palma y el viento ascendía desde el barranco en una corriente vertical. Intentó asomarse, pero su cabeza apenas alcanzaba el borde. No veía el agua; solo percibía una profundidad que no sabía medir. El rumor llegaba desde abajo, remoto, difícil de situar. Aquella imposibilidad de ver no le producía miedo. Apretó la mano firme del hombre.
Algún tiempo después aprendió que la carretera que lo llevaba hasta allí había sido trazada por su padre. El puente formaba parte de un itinerario que debía continuar hasta un túnel proyectado al otro lado de la montaña. El túnel nunca se excavó. Los planos quedaron archivados. La carretera siguió cumpliendo su función, aunque ya no respondiera al horizonte para el que había sido concebida. Sin embargo, el puente permanecía sosteniendo un tránsito que ya no conducía a lo previsto.
Una obra no siempre alcanza el destino que la justificó, pero puede seguir siendo necesaria.
Regresó cuando ya era estudiante. Había aprendido a reconocer los elementos: luz, flecha, tímpano, apoyo, carga. Palabras que daban nombre a lo que antes era solo sensación. Ya sabía entonces que quien había diseñado aquel puente era el mismo profesor que hablaba con una serenidad casi severa sobre la necesidad de sentir antes de decidir. Mencionaba Literola en raras ocasiones; y cuando lo hacía, lo explicaba con la misma claridad con la que abordaba cualquier otra de sus obras. No elevaba el tono. No hacía falta. Al estudiante que había sido niño le seguía pareciendo un equilibrio improbable; para el profesor era algo simplemente lógico y adecuado.
En alguna ocasión, fuera de la formalidad del aula, el profesor recordaba con una media sonrisa la ingenuidad con la que había afrontado aquel encargo siendo aún joven. Decía que entonces quería ser como Maillart, alcanzar esa claridad que convierte una estructura en algo
inevitable. Lo decía sin énfasis, como quien reconoce una aspiración desmesurada y, al mismo tiempo, necesaria. Quería estar a la altura de un legado que no le pertenecía. Hablaba de la responsabilidad como si fuera una condición natural del oficio, no una carga añadida.
Otro profesor, desde una perspectiva diferente, solía mencionar que el cálculo no eliminaba el vacío; solo lo hacía transitable dentro de límites verificables. Aquella frase quedó suspendida en la memoria del joven como la formulación precisa de algo que había sentido de niño sin saber nombrarlo. Entonces lo entendió. El puente no pretendía imponerse a la montaña ni desafiarla. Se apoyaba en ella con exactitud. La roca sostenía, el hormigón ordenaba, el tablero conducía. Nada sobraba. Nada buscaba llamar la atención. Todo parecía haber encontrado su lugar sin reclamarlo.
Cruzó el puente una última vez, despacio. En el centro, como hacía su padre, se detuvo un instante, apoyó la mano en la misma barandilla fría y miró hacia abajo sin apartar la vista. Esta vez veía el agua. El vacío no había desaparecido, ni tampoco la altura. Solo faltaba aquella mano que lo había acompañado al principio. Ahora caminaba solo. Había aprendido a hacerlo.
El descenso desde Benasque hacia el valle del Ebro cambió la escala del viaje. Las curvas fueron perdiendo exigencia, la pendiente dejó de imponer correcciones continuas y el trazado comenzó a sostenerse con mayor continuidad. La vegetación se abrió, el aire se volvió menos denso, y la atención que antes se fijaba en cada giro se desplazó hacia una percepción más amplia del territorio. El recorrido dejó de ser una sucesión de decisiones inmediatas para convertirse en una dirección sostenida.
A medida que abandonaba el Pirineo, las laderas se suavizaron y el horizonte dejó de fragmentarse entre crestas. La carretera ya no exigía anticipación constante. Permitía avanzar sin resistencia, como si el terreno hubiera cedido parte de su rigor inicial.
Al aproximarse a Zaragoza la continuidad del trazado se integró en una red más amplia. El paso inferior bajo el puente de la Z-40 resolvía el cruce con una precisión reciente, sin fricción aparente. El hormigón aún conservaba una uniformidad sin matices, y el tránsito se encauzaba sin necesidad de atención. Sonrió satisfecho. Todo funcionaba sin hacerse notar. Al dejar atrás ese punto, el flujo desaparecía con la misma rapidez con la que se había impuesto.
Tras bordear las últimas casas de La Cartuja, el entorno del galacho de La Alfranca surgió sin anuncio. La presencia del agua no se imponía; se insinuaba entre la vegetación. El Ebro discurría ancho y lento, rodeado de ribera y llanura abierta. En esa horizontal amplia, una forma comenzaba a insinuarse sobre el cauce.
La pasarela no se tendía como una recta sobre el río. Desde lejos aparecía como una cinta continua que se desplegaba y se recogía sobre sí misma. Al aproximarse, el recorrido no se afirmaba; se ofrecía. El paso obligaba a ajustar la mirada, a reconocer el río de forma progresiva. Algunos viandantes se detenían unos segundos, orientaban el cuerpo y buscaban un encuadre antes de continuar. La estructura modulaba el tránsito sin necesidad de explicarse.
Hubo un tiempo en que esa secuencia fue una decisión. El trazado no respondía solo a la necesidad de cruzar, sino a cómo hacerlo. La forma debía ordenar la percepción, conducirla sin imponerse, permitir que el río apareciera en el momento preciso. No bastaba con resolver el paso. Había que establecer una relación.
Ahora la recorría sin detenerse. La leve torsión seguía modificando la perspectiva a cada paso. El viento obligaba a ajustar el cuerpo con naturalidad. La estructura respondía con la misma claridad con la que había sido concebida. Sin embargo, en algunos puntos, la superficie
había perdido la uniformidad inicial; se advertían alteraciones en el acero, encuentros imperfectos, detalles que ya no devolvían la luz con la misma limpieza. No impedían el recorrido, pero introducían una ligera distancia entre la exactitud del trazado y su estado.
Miró hacia ambas orillas. El río continuaba su curso bajo la pasarela, ajeno a la forma que lo cruzaba. La secuencia seguía produciéndose. El tránsito se mantenía.
Al dejar atrás la estructura, no pensó en el proceso que la había generado. Pensó en quienes la atravesaban y se detenían un instante antes de seguir. Eso bastaba.
La carretera hacia el sur abandonaba la ribera del Ebro y se adentraba en una tierra más seca. Los campos se abrían entre olivares dispersos y construcciones del mismo tono que el suelo. El relieve ondulaba sin brusquedad, en elevaciones suaves que no obligaban a corregir la trayectoria, solo a sostenerla. El territorio se hacía continuo.
La luz se volvía más estable, más oblicua. Las sombras definían con precisión los límites de los bancales y los márgenes de los caminos. Los pueblos aparecían concentrados, sin transición, organizados en torno a una torre o a una iglesia. No destacaban por altura, sino por cohesión. El tiempo parecía haberse asentado en la forma de las cosas.
Valderrobres surgió al fondo con naturalidad: el castillo sobre la colina, el caserío agrupado, el río bajo los muros.
Allí convivían tres puentes sobre el mismo cauce. El medieval, de piedra, levantaba sus arcos con una serenidad que no necesitaba explicación. El metálico introducía otra lógica, más ligera bajo el paso. La pasarela reciente resolvía el cruce con mayor contención. No competían. Permanecían.
La piedra mostraba siglos. El metal vibraba apenas.
Dentro de unos años nadie recordaría con precisión quién había proyectado cada uno de aquellos puentes. Y, sin embargo, seguirían allí.
Unos pasos más allá, alguien intentaba asomarse sin lograr ver el agua.
Avanzó por la pasarela nueva hasta el centro de uno de los vanos. Se apoyó en la barandilla y dejó a su espalda el puente metálico y, aguas arriba, el de piedra. No miró hacia ellos. Miró aguas abajo, donde el Matarraña se abría en una curva lenta y el cauce comenzaba a liberarse del caserío. El agua avanzaba sin estridencias. No aceleraba ni se detenía. Seguía su curso, ajena a la presencia de los puentes y a la memoria de quienes los habían trazado. Simplemente continuaba.
Recordó la mano que lo sostuvo en Literola. En la voz serena que había pretendido estar a la altura de algo mayor que ella misma. En la carretera proyectada hacia un túnel nunca excavado. En los planos guardados en un cajón. En la formalidad del aula. En la pulcritud del paso inferior. En los colores de La Alfranca. En la escenografía del tránsito.
Nada de eso le pertenecía.
Cada obra respondía a un lugar preciso y ninguna comenzaba ni terminaba en sí misma. Él había ocupado un tramo. Sus diseños y sus cálculos eran provisionales frente al tiempo, necesarios en su momento. Después el tránsito continuaba.
El agua pasaba bajo sus pies. Reanudó la marcha.